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Las Tarotistas y el Kabalista que No Estaba Solo

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En esta ocasión, Camila y Valentina acuden en ayuda de un individuo muy especial y se llevarán más de una inesperada sorpresa.

El Kabalista que No Estaba Solo


A Valentina le llegó el dato por una señora que decía “leer energías”, pero que en realidad leía estados de WhatsApp.

—Matías está mal —le dijo—. Vive solo. No tiene pareja. No recibe visitas. Y ayer lo vi comprando tres velas, una escoba y una bolsa de lentejas.

Camila levantó una ceja.

—Eso no es depresión. Eso es invierno.

Pero Valentina quedó preocupada.

Matías el Kabalista era conocido en ciertos círculos esotéricos como “ese tipo raro que sabe demasiado”. Había estudiado astrología, alquimia, tarot, grimorios, numerología, filosofía hermética y, sobre todo, Kábala. No la Kábala de pulserita roja y frase motivacional, sino esa otra: la de letras hebreas, árboles de la vida, senderos, abismos, nombres divinos y cuadernos que parecían escritos por alguien negociando con el infinito.

El problema era que Matías no cobraba.

Jamás.

Eso, para muchos, lo volvía sospechoso.

—Si sabe tanto, ¿por qué no vende cursos? —decían.

—Porque no todo lo sagrado merece terminar en PDF con descuento —respondía él.

Y entonces la gente lo miraba como si fuera tonto.

Matías no era tonto.

Era peor: era libre.

Valentina y Camila fueron a verlo un sábado, renuentemente. Camila llevó pan, porque según ella “uno no puede intervenir emocionalmente a nadie con las manos vacías”.

El edificio de Matías era antiguo, con pasillos estrechos y una luz que parpadeaba como si estuviera pensando si seguir en este plano.

Tocaron la puerta.

Nadie respondió.

Camila tocó más fuerte.

—Matías, venimos en son de paz y carbohidratos.

La puerta se abrió sola.

Camila miró a Valentina.

—No.

—¿No qué?

—No entramos a casas que se abren solas. Es una regla básica que la humanidad aprendió tarde.

Desde adentro se oyó una voz tranquila:

—La puerta tiene el pestillo malo. Pasen.

Entraron.



El departamento no era triste. Era rarísimo.

Había libros en torres, mapas celestes, frascos con etiquetas, una pizarra llena de letras hebreas, velas apagadas, una tetera, tres relojes marcando horas distintas y, en medio de la sala, un Árbol de la Vida dibujado en el piso con tiza blanca.

Matías apareció desde la cocina. Delgado, despeinado, con una chaqueta vieja y cara de haber olvidado dormir porque estaba resolviendo un problema que empezó en Babilonia.

—Qué amable que vinieran —dijo.

Camila le entregó el pan.

—Esto no significa que aprobemos tu decoración.

Matías miró la bolsa con gratitud.

—Marraquetas. La forma más baja y más alta de la materia.

Camila se volvió hacia Valentina.

—Me cae bien, pero me preocupa.

Valentina sonrió con cuidado.

—Queríamos saber cómo estabas.

Matías inclinó la cabeza.

—Ah. Una visita de bienestar disfrazada de casualidad.

—No disfrazada —dijo Camila—. Mal maquillada.

Matías sirvió té en tres tazas distintas. Una decía “Sagitario”, otra “Contabilidad 2018” y la tercera no tenía asa.

—No estoy mal —dijo—. Solo estoy solo.

Valentina suavizó la voz.

—A veces eso también pesa.

—A veces. Pero otras veces es la única manera de escuchar algo que no sea ruido.

Camila tomó la taza sin asa.

—Bonito. Pero si empiezas con “la soledad es mi templo”, me llevo el pan de vuelta.

Matías sonrió.

—La soledad no es mi templo. Es mi laboratorio.

Valentina miró el Árbol de la Vida en el suelo.

—¿Y qué experimentas?

—Correspondencias.

—¿Correspondencias de qué?

Matías señaló la pizarra.

—Letras, números, planetas, emociones, decisiones, casualidades. La gente cree que la Kábala sirve para volverse místico. En realidad sirve para notar que el mundo tiene una pésima costumbre: contestar.

Camila bebió té.




—El mundo no contesta. La gente interpreta.

—Exacto —dijo Matías—. Y ahí empieza lo divertido.

Entonces una vela se encendió sola.

Valentina se quedó quieta.

Camila miró la vela. Luego miró a Matías.

—Truco.

—Probablemente —dijo él.

—¿Probablemente?

—No quiero arruinar el misterio tan rápido.

Valentina se acercó a la vela. No vio fósforos, cables ni nada raro. Solo una llamita perfectamente ofensiva.

—¿Cómo hiciste eso?

Matías se encogió de hombros.

—Con respeto por la química.

Camila apuntó con un dedo.

—Eso es lo que diría alguien que acaba de hacer brujería barata.

—La brujería barata cobra entrada —respondió Matías—. Yo puse té.

Valentina soltó una risa.

Matías fue hasta una repisa y tomó una cajita de madera.

—Ya que vinieron a verificar si sigo funcionando, les mostraré algo.

Camila murmuró:

—Cuando un hombre solo dice “les mostraré algo” en una sala con símbolos en el piso, una parte de mí extraña la panadería.

Matías abrió la caja. Dentro había diez pequeñas esferas de metal, cada una marcada con un nombre: Kéter, Jojmá, Biná, Jésed, Guevurá, Tiféret, Netzaj, Hod, Yesod y Maljut.

—Las diez sefirot —dijo Valentina.

—Las diez habitaciones de la conciencia —dijo Matías—. O diez pelotitas con nombre, según el nivel de respeto del observador.


Camila tomó una.

—¿Esta qué hace?

—Esa es Maljut. El reino. Lo concreto. Lo que llega al suelo.

—Me representa.

—Mucho.

Matías puso las esferas sobre el Árbol de la Vida dibujado en el piso.

—Haré una pregunta simple.

—¿A quién? —preguntó Valentina.

—A la estructura.

Camila suspiró.

—Ya empezamos a hablar con muebles invisibles.

Matías cerró los ojos.

—¿Qué vinieron realmente a hacer Valentina y Camila?

Las luces parpadearon.

Una esfera rodó.

Luego otra.

Maljut avanzó hasta los pies de Camila. Tiféret quedó frente a Valentina. Yesod giró sola y se detuvo junto a una línea de tiza.

Camila abrió mucho los ojos, pero se recuperó enseguida.

—Piso inclinado.

Matías asintió.

—Una explicación digna.

Valentina se agachó.

—Pero rodaron en direcciones distintas.

—Piso emocionalmente inclinado —dijo Camila.



Matías abrió los ojos.

—Vinieron porque creen que estoy abandonado. Pero no les preocupa solo mi bienestar. Les molesta que alguien pueda tener un mundo interior completo sin hacerlo rentable, visible o bonito.

Camila se cruzó de brazos.

—Eso fue innecesariamente certero.

—La Kábala no siempre es amable.

—Entonces se lleva bien contigo.

Matías no se ofendió. Eso molestó a Camila un poco. Ella prefería discutir con gente que colaboraba.

Valentina caminó alrededor del Árbol de la Vida.

—¿Y por qué dejas que te traten como raro?

Matías sonrió apenas.

—Porque si intentas convencer a todos de que no eres tonto, terminas trabajando para su inteligencia.

La frase quedó en el aire.

Incluso Camila respetó el silencio durante cuatro segundos enteros.

Luego dijo:

—Eso estuvo bien. Odio cuando los excéntricos tienen razón.

Matías fue a la cocina por más agua. En cuanto salió, la pizarra crujió.

Una letra hebrea, dibujada con tiza, se deslizó sola hacia abajo.

Valentina retrocedió.

Camila se levantó.

—Matías.

Él respondió desde la cocina:

—¿Sí?

—Tu pared está haciendo teatro.

Matías volvió con la tetera.

La letra había caído exactamente sobre una palabra escrita en español: VISITA.

Valentina tragó saliva.

—Eso no fue la inclinación del piso.

Camila miró la pizarra de cerca.

—Imán.

—La tiza no es magnética —dijo Valentina.

—Entonces tiza desleal.

Matías observó la letra en el suelo.

Por primera vez, pareció sorprendido.

No mucho. Apenas lo suficiente para que la habitación se sintiera más grande.

—Interesante —murmuró.

Camila lo señaló.

—No me gusta tu “interesante”. Tu “interesante” suena a “puede que hayamos abierto algo, pero qué educativo”.

Matías dejó la tetera.

—No abrimos nada. Solo prestamos atención.

Entonces golpearon la puerta.

Tres golpes lentos.

Camila se puso detrás de Valentina con absoluta dignidad.

—Yo no tengo miedo. Solo estoy mejor ubicada estratégicamente.

Matías abrió.

No había nadie.

En el suelo había un sobre.

Valentina lo recogió. Estaba seco, aunque el pasillo tenía humedad.

El sobre decía:

Para el que vive solo.

Matías se quedó quieto.

Camila bajó la voz.

—¿Eso lo pusiste tú?

—No.

—¿Seguro?

—No hago sobres dramáticos. Me parecen vulgares.

Valentina abrió el sobre. Dentro había una hoja con una sola frase:

El que se esconde de los necios también se esconde de los amigos.

Nadie habló.

La frase tenía la precisión desagradable de las cosas que no piden permiso.

Matías miró el papel largo rato.

—Eso no es mío.

Camila tomó el sobre, lo olió, lo examinó, lo puso contra la luz.

—Papel común. Tinta común. Drama premium.

Valentina miró a Matías.

—Quizá alguien se preocupa por ti.

Él sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa intelectual. Fue una sonrisa cansada.

—La gente suele venir a pedirme cosas. Una lectura. Un consejo. Un dato. Una fórmula. Una confirmación. Casi nadie viene a ver si cené.

Camila abrió la bolsa de pan.

—Pues cena.

Matías obedeció.

Eso fue raro.

No por el pan, sino por la obediencia.

Comieron en la sala, rodeados de símbolos antiguos, como si el universo entero se hubiese detenido a mirar tres personas compartir marraquetas.

Luego Matías se levantó.

—Tengo algo para ustedes.

Camila se tensó.

—Si es un curso, me voy.

—Es gratis.

—Eso me preocupa más.

Matías le entregó a Valentina una carta dibujada a mano. No era tarot ni Lenormand. Era una mujer sosteniendo una lámpara, parada entre dos columnas, con diez pequeñas luces detrás.

—¿Qué es?

—Una carta imposible. Todavía no pertenece a ningún mazo.

—¿Y significa?

—La que busca señales y encuentra responsabilidades.

Camila soltó una carcajada.

—Te retrató.

Luego Matías le entregó otra a Camila. Era una mujer con una bolsa de pan en una mano y una espada en la otra.

Camila la miró con emoción disimulada.

—¿Y esta?

—La que no cree en nada, salvo cuando importa.

Camila guardó la carta rápido.

—Aceptable.



De pronto, todos los relojes del departamento marcaron la misma hora.

Las diez y diez.

Matías palideció.

Valentina lo notó.

—¿Eso también es química?

Él miró los relojes.

—No.

Camila tomó su abrigo.

—Perfecto. Llegó la hora de irse antes de que la tetera recite latín.

Pero antes de salir, Valentina vio algo en la mesa: un segundo sobre.

No estaba antes.

Lo abrió.

Dentro había una boleta de almacén, una hebra de hilo rojo y una nota escrita con la letra de Matías:

Si ellas vienen, no finjas que no las esperabas.

Valentina levantó la vista.

—Matías.

Él se quedó inmóvil.

Camila sonrió lentamente.

—Ajá.

Matías tosió.

—Eso… puede tener una explicación.

—Te escuchamos —dijo Valentina.

—Hace tres semanas calculé, por gematría, ciclos lunares, hábitos de chisme local y la probabilidad de que Camila comprara pan un sábado, que ustedes vendrían hoy.

Camila parpadeó.

—Eso no es una explicación. Eso es una enfermedad con pizarrón.

—También dejé algunos elementos preparados.

—¿La vela?

—Química.

—¿Las esferas?

—Hilo transparente.

—¿La letra en la pizarra?

—Un mecanismo simple.

Valentina levantó el primer sobre.

—¿Y este?

Matías miró el papel.

Ahí dudó.

—Ese no.

Camila lo examinó otra vez.

—¿Estás diciendo que montaste una obra hermética completa, con velas, bolitas y frase existencial… pero el elemento más cursi no era tuyo?

—Sí.

—Qué conveniente.

Matías asintió con total seriedad.

—La conveniencia también es una correspondencia.

Camila apuntó hacia la puerta.

—No abuses.

Valentina dobló la nota con cuidado.

—Entonces querías que viniéramos.

Matías bajó la mirada.

—Quería saber si vendrían sin que yo pidiera ayuda.

Camila dejó de sonreír.

Valentina lo miró con ternura.

—Podrías haber llamado.

—No quería molestar.

Camila resopló.

—Matías, tienes un Árbol de la Vida dibujado en el piso. Molestar ya no es tu principal problema.

Él soltó una risa pequeña.

Y algo en la sala cambió. No sobrenaturalmente. O quizá sí. A veces una casa cambia cuando alguien se ríe sin defenderse.

Antes de irse, Camila le puso reglas.

—Uno: vas a cenar comida que no requiera interpretación simbólica. Dos: nos vas a responder mensajes. Tres: una vez al mes vienes a tomar té. Cuatro: no nos manipulas con gematría para conseguir visitas.

Matías pensó.

—¿Puedo usar astrología?

—No.

—¿Tarot?

—No.

—¿Sincronicidades?

—Solo si traes sopaipillas.

Valentina abrió la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Cuando salieron, la luz dejó de parpadear.

Camila caminó en silencio hasta la escalera. Luego dijo:

—Fue todo truco.

Valentina sonrió.

—Casi todo.

—Todo.

—¿Y el sobre?

Camila no respondió.

Bajaron dos pisos.

Entonces Valentina encontró algo dentro de su bolsillo.

Era una pequeña esfera metálica.

Maljut.

El reino.

Lo concreto.

La cosa que llega al suelo.

Valentina se detuvo.

Camila la miró.

—No.

Valentina abrió la mano.

Camila cerró los ojos.

—No me muestres eso.

—Camila…

—No. No quiero saber si me la puso en el bolsillo, si rodó sola, si el universo tiene dedos o si Matías acaba de ganarnos con un truco de jubilado brillante. No quiero.

Valentina guardó la esfera.

—¿Volvemos a preguntarle?

Camila siguió bajando.

—Por supuesto que no.

—¿Entonces?

—Entonces volvemos la próxima semana con pan.

Valentina sonrió.

—¿Porque estás preocupada?

Camila apretó el paso.

—Porque alguien tiene que vigilar que ese hombre no convierta la soledad en religión.

En el tercer piso, detrás de una puerta cerrada, Matías miró el Árbol de la Vida.



Maljut seguía ahí.

En su lugar.

La esfera que Valentina llevaba en el bolsillo no faltaba.

Matías sonrió muy despacio.

Luego apagó la vela.

O quizá la vela se apagó sola.

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